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Identidad Eclesiástica
Por el Pastor Roberto Alonso
Tomado con permiso de la Revista “Hoy”

Todos tenemos una familia espiritual

Nadie debe enorgullecerse de su apellido, pero tampoco debe avergonzarse del mismo, porque eso significaría avergonzarse o desestimar a sus padres y a su propia familia. Todos tenemos un nombre, pero también tenemos un apellido para nuestra identidad personal. Lo mismo sucede en cuanto a las iglesias, denominaciones o distintas familias espirituales. Todos tenemos un nombre común: Cristianos, pero tenemos diferentes apellidos. Unos son cristianos bautistas; otros, cristianos pentecostales; otros cristianos metodistas o presbiterianos, etc. Esto es para identificación eclesiástica de acuerdo a las diferentes características doctrinales de esos grupos y existirá hasta que Dios disponga de otra manera.

No podemos ignorar o resistir esto porque es una realidad. No podemos violentar este orden, que en ninguna manera es el mejor plan de Dios para su iglesia, sino la mezcla de lo humano entre lo divino en el pueblo del Señor. Mucho o casi todo es el fruto del sectarismo, que divide y separa a la hermandad en distintas organizaciones, pero tampoco podemos hacernos tan enemigos e intolerantes a esto, ya que Dios, aunque no lo aprueba, lo permite hasta ahora o hasta que venga LO MEJOR que él está preparando.

Entre tanto, y hasta que otra cosa no suceda de parte del Señor, tenemos que sujetarnos dócilmente a este orden humano (permitido por el Señor) y ser honestos, fieles y sinceros en cuanto a nuestra identidad eclesiástica se refiere. Ya sea por razón de las autoridades que nos gobiernan, que requieren esta identidad por razones de buen orden y administración religiosa, o para definirnos honestamente ante la hermandad y demás familias que componen la iglesia del Señor.

La hermandad tiene derecho a requerir de nosotros un clara identificación en cuánto a nuestra verdadera posición doctrinal dentro de una determinada familia. No podemos evadir la respuesta y la responsabilidad a ello, para que haya una línea clara de entendimiento y confianza mutua.

 

Tenemos que ser leales

            Creo que tenemos que ser bien leales y sinceros para con la familia o agrupación espiritual a la cual pertenecemos. Si alguno es cristiano bautista, séalo sinceramente y de todo corazón; lo mismo si es pentecostal o de cualquier otro grupo por haber nacido en él y porque Dios lo ha guiado allí. No sea desleal con su propia familia. No se cambie de redil en redil por cualquier “problemita”. Sea firme en sus convicciones. Si pertenece a una familia espiritual, séalo de todo corazón. No a medias, sino íntegramente. Otra cosa es abominable y repulsiva, ante los ojos de Dios y de los hombres.

            Sea sincero, leal y honesto eclesiásticamente, sujetándose en todo a su grupo. No se cambie de iglesia “como de camisa”. No seamos «...niños  fluctuantes,  llevados  por doquiera de todo viento  de doctrina...» (1) Si se cambia de iglesia hágalo por una verdadera convicción de Dios, con mucho temor y oración y esté bien seguro de ello. De lo contrario va a desarrollar un carácter de “veleta espiritual”. Si se mueve de su iglesia esté bien seguro que es el Señor que lo mueve. No quisiéramos tener en nuestro medio (pienso que nadie lo desearía así), hermanos u obreros que salen de sus congregaciones por cualquier cosa, ya sea por peleas entre hermanos, por rebeldía a sus pastores o por cualquier otro motivo mezquino y carnal.

 

Tenemos que ser definidos

            Creo que en estas cosas tenemos que ser definidos. No andar enorgulleciéndonos o poner como bandera nuestros nombres denominacionales, pero tampoco ocultar por pretendida santidad nuestra verdadera identidad o avergonzarnos de nuestro apellido espiritual, ya que pertenecemos a una determinada familia y debemos sentirnos cómodos, contentos y agradecidos a Dios por ello. Esto es muy provechoso para nosotros o para los demás miembros que componen la familia. Si alguno está de mala voluntad es un gran impedimento para los demás. El o ella no son felices y ponen el mismo espíritu en sus hermanos, contagiando a los demás su descontento y disconformidad.

            No queremos hijos ingratos o rebeldes dentro de nuestra familia. Tampoco queremos que nadie se enorgullezca de un nombre o haga de ello motivo de sectarismo y separación con los demás. No queremos ningún “ista” en nuestro medio, pero tampoco a alguien que niegue o tenga vergüenza de su apellido o verdadera identidad espiritual.

 

Tenemos que identificarnos

            Creo que algunos, por orgullo personal, no quieren identificarse del todo con ningún grupo. Sencillamente, porque no quieren sujetarse. Quieren ser de algún grupo o familia pero no del todo. Siempre dejan alguna puerta abierta para tener “sus propias libertades o ideas”. No quieren atarse del todo. Quieren siempre andar “noviando” con los distintos grupos sin llegar al “casamiento”, porque, aunque no lo manifiesten, desean formar su “pequeño reino”, el reino de su propio YO, de su propia sabiduría o convicciones. No encajan bien en la familia por estar hinchados, llenos de suficiencia propia, de espíritu de independencia, de envanecimiento personal. Son como aquellos ladrillos medio grandotes que no encajan bien en la pared y no quieren ser canteados para calzar en su verdadero lugar. Por eso no quieren identificarse del todo. Sin embargo, algún día tendrán que hacerlo para su propio bien y el de la obra del Señor. No se puede tener dos apellidos al mismo tiempo. Ha llegado el tiempo de las definiciones. Dios exige como nunca antes: Sinceridad, lealtad e integridad en todo. Amén.

Referencia bíblica: (1) Efesios 4:14.