El
apóstol Pedro dijo: «...porque también Cristo padeció
por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas...»
(1) Seguir sus pisadas, Jesús dijo de si mismo «...aprended
de mi...» (2) ¿Que tengo que aprender de Cristo?
TODO ¿Porqué tengo que seguir las pisadas de él?
Porque es el primogénito entre muchos hermanos. Porque fue
el primero en pasar por un duro y serio proceso de demolición
de su vida. Porque fue el primero que tuvo que renunciar
a valores grandes, a cosas muy queridas. El cielo, el Padre,
la gloria. Cuando Cristo oró en el evangelio de San Juan
dijo: «...Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con
aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese...»
(3)
Querido, nosotros venimos de lo
más bajo, pero Cristo vino de arriba, donde estaba la gloria,
donde estaba el Padre, donde estaban todos los ángeles adorándole.
Siendo Dios vino con un cuerpo de hombre, con las limitaciones
de un hombre, para hacer el sacrificio máximo, para cargar
la cruz sobre sus hombros, por eso el Padre tenía que prepararlo.
No en vano estuvo treinta y tres años en la tierra. Había
que adiestrarlo, había que tratarlo. Dios trató a su hijo
para que fuera a la cruz. La cruz que Él cargó por nosotros
nos habla de un proceso de muerte, de negación. Y nosotros
no podremos servir a Dios en verdad hasta que no lleguemos
a ese lugar.
Mientras haya pretensiones, razonamientos,
exigencias, mientras tratemos de evitar el sufrimiento,
mientras no estemos rendidos totalmente a lo que Dios quiera;
a vivir, a morir, a pasar hambre, a comer, a vestir, a estar
medio desnudos; no serviremos para hacer la perfecta voluntad
de Dios. Seremos como tantos del montón que usan el evangelio
en su propio beneficio. Dios espera de cada uno de nosotros
una total rendición, una total disposición, una total determinación.
Recuerdo
la convención del año 1961, que se realizó en una pequeña
carpa con viruta en el piso, para no pisar barro por el
temporal de lluvia que se había desatado. En esa convención
ante cada desafío de consagración, los líderes, mis mayores,
caían de cabeza al piso clamando a Dios. Eran los comienzos
de esta familia, cuando todavía casi no había Iglesias en
el país, y éramos solo un puñado, pero caíamos clamando,
llorando, gimiendo y rindiendo toda nuestra vida a Dios.
¡Ayúdanos
Señor! A defender la visión de la familia del Movimiento,
que a muchos le costó la vida, hasta la última gota de sangre.
¡Que podamos realmente defenderla! Hay cosas que pueden
haber cambiado, pero los principios, la manera de Dios,
la formación de obreros, la vida de fe, el discipulado,
eso no ha cambiado. Jesús hizo sus obreros, llamó a los
discípulos, después los llamó apóstoles y los tuvo a su
lado. Vivió con ellos, comió con ellos, esa es la manera
de Dios.
El
trato de Dios
Todavía,
en este siglo XX, después de casi dos mil años, Dios no
ha cambiado. Y aunque todo se moderniza, todo cambia, todo
se hace mas práctico, ¡Es una cosa asombrosa! Se aprietan
botones y ya nada se hace a mano sino por medio de maquinarias
y computadoras, Dios todavía sigue a la antigua, como
el buen alfarero, no hace cosas en serie. Dios sigue
haciendo piezas en particular, en forma individual, con
un trato especial para cada una de ellas de acuerdo a lo
que tenga que resistir.
Yo
lo llamaría: EL TRATO DE DIOS. Querido, ni aún Cristo se
escapó, el fue tratado por Dios, y se sometió humildemente
al trato de Dios. Por eso dice el libro de Hebreos: «...Cristo,
en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con
gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte,
fu oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo,
por lo que padeció aprendió obediencia; y habiendo sido
perfeccionado...» (por el trato de Dios en su vida),
«...vino a ser autor de eterna salvación para todos
los que le obedecen...» (4)
Cristo
fue humano, sintió las necesidades que sentimos nosotros,
corrió los peligros que podemos correr nosotros, pero vino
para hacer la voluntad de Dios, y guardó su vida en oración
cerca de Dios, clamando a Dios. Su corazón fue quebrantado
día por día en la presencia del Padre. Por eso el profeta
Isaías dice de él: «...experimentado en quebranto...»
(5) Dios lo preparó para una obra grande, lo preparó, lo
trató, lo molió. Lo preparó de tal manera que ante la cruz
pudo decir: «... no se haga mi voluntad, sino la tuya...»
(6)
Me
parece escucharlo decir: “....estoy rendido, estoy sometido,
estoy quebrantado, no reclamo nada, y aunque soy el Hijo
y estuve en la gloria, y ahora estoy pisando las polvorientas
calles malditas de esta tierra, me rindo, hágase tu voluntad...”
Hermanos, no hay otro ejemplo. Con razón el podía
decir «...Yo soy el Buen Pastor...» (7)
Cuando
el apóstol Pablo quiso poner un ejemplo de un hombre quebrantado
y humillado, tomó la vida de Jesús diciendo: «...Haya,
pues, en vosotros este mismo sentir que hubo también
en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó
el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que
se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante
a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló
a si mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte
de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo,
y le dio un nombre que es sobre todo nombre...»
(8)
Hoy
podemos decir a los demonios “...EN EL NOMBRE DE JESUS...”
¿Porqué? Porque él primero fue para abajo, abajo, abajo,
y más abajo ya no pudo ir. Por eso Dios lo llevó arriba,
arriba, arriba, y hoy está sentado a la diestra del Padre.
Salúdelo, mírelo por la fe, traspase los cielos. Mírelo
intercediendo por nosotros, por cada vida, por cada obra.
¿Porque se sentó allá arriba? Porque primero estuvo bien
abajo. Hermanos, por amor a aquel que nos llamó, digamos
una y otra vez: “...Señor yo quiero que tu termines de
quebrantarme...” Amén.
Pastor
Oscar Daruich.
Referencias bíblicas:
(1)
1º Pedro 2: 21
(2)
San Mateo 11: 29
(3)
San Juan 17: 5
(4)
Hebreos 5: 7 al
9
(5)
Isaías 53: 3
(6)
Lucas 22: 42
(7)
San Juan 10: 11
(8)
Filipenses 2: 5
al 9.